jueves, 9 de diciembre de 2010

# Hundirse.



20 de enero.

Necesito escribiros, querida Lotte, desde este cuarto de una humilde posada de labriegos donde he tenido que buscar refugio contra un violento temporal. Desde que llevo merodeando por este triste rincón de Dinamarca, entre esta gente extraña, totalmente extraña a mi corazón, no he tenido un momento, ni uno solo, en el que este sintiese el impulso de escribiros, y ahora en esta choza, en esta soledad, en esta estrechez, cuando la nieve y el granizo desatan sus furias contra mi ventana, aquí sois mi primer pensamiento. Desde que entré aquí, ¡oh Lotte!, me invadieron vuestra imagen y vuestro recuerdo, tan sagrado y cálido: ¡Dios mío!, ¡El primer momento feliz de nuevo!

¡Si me vierais, querida mía, en este torbellino de distracciones! ¡Qué embotados se están quedando mis sentidos! ¡Ni un solo instante de plenitud espiritual, ni una sola hora de felicidad! ¡Nada de nada! Me hallo atónito como ante una caseta de ferias y veo pasar ante mi los muñecos y los caballitos y me pregunto a menudo si no se trata de una ilusión óptica. Juego con ellos, mejor dicho, ellos juegan conmigo como si fuera una marioneta y tomo a veces al vecino por su mano de madera y retrocedo estremecido. Por la noche me propongo disfrutar de la salida del sol, pero después soy incapaz de levantarme; por espero recrearme con el fulgor de la luna y no salgo de mi habitación. No sé propiamente por qué me levanto ni por qué me acuesto.

Me falta la levadura que hacía fermentar toda mi vida.

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