jueves, 30 de diciembre de 2010

# La vida nueva.



Un día que yo derramaba amargo llanto, que se desvanecía mi esperanza resuelta en dolor, cuando estaba solitario ante la yerma colina que en estrecho y oscuro recinto encerraba la forma misma de mi vida, solo como nunca ningún solitario lo estuvo, acosado por indecible angustia, ya sin fuerzas, - una imagen del desamparo y nada más -, mientras dejaba vagar la mirada en busca de auxilio, sin poder avanzar, sin poder volver atrás, y me aferraba con ansias infinitas a la vida fugaz, evanescente, entonces, de las azules lejanías, de las alturas de mi antigua dicha me vino un estremecimiento vesperal que rompió de golpe el lazo del nacimiento, las cadenas de la luz.

Desvaneciose la pompa de la tierra, se disipó con ella mi dolor, mi melancolía se fundió en un mundo insondable y nuevo, y tú, entusiasmo nocturno, sueño del cielo, caíste sobre mí. Todo el paraje se elevó lentamente; sobre el paraje flotaba, liberado y renacido, mi espíritu. La colina se convirtió en una nube de polvo; a través de la nube distinguí el rostro transfigurado de mi amada. La eternidad reposaba en sus ojos.

Cogí sus manos y las lágrimas se transformaron en una cadena inquebrantable y luminosa. Volaban ahuyentados los milenios hacia horizontes lejanos, como tempestades. Abrazado a su cuello lloré lágrimas arrobadoras en el umbral de una vida nueva. Fue el primero, el único ensueño, y desde entonces tengo una fe eterna, inalterable en el cielo de la noche y en su luz que es mi amada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario