lunes, 13 de diciembre de 2010
# Mi último suspiro es para ti.
20 de diciembre.
Está decidido, Lotte, voy a morir, y te lo comunico sin exaltación romántica alguna, serenamente, en la mañana del día que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, amada mía, la fría tumba cubrirá ya los restos yertos del inquieto desdichado que no conoce en los últimos instantes de su vida placer mayor que estar conversando contigo. He pasado una noche terrible y... ¡ay!, una noche benefactora: ella es quien ha fijado y determinado mi decisión: ¡Quiero morir! Cuando anoche me separé de ti en la terrible excitación de mis sentidos, ¡cómo se agolpaba todo en mi corazón y cómo esta mi existencia sin esperanzas ni alegrías junto a ti me amordazaba en horrible frialdad! Apenas llegué a mi habitación, caí de rodillas fuera de mí y... ¡Oh Dios mío!, ¡tú me concediste el último bálsamo de las lágrimas más amargas! Mil proyectos, mil ideas se agitaban en mi alma, pero al fin me vino un pensamiento firme, el último y el único pensamiento ¡Quiero morir! Me acosté y por la mañana al despertar, sosegado, continuaba firme y aún más fuerte en mi corazón: ¡Quiero morir! No es desesperación, es certeza de que ya he concluido y de que me sacrifico por ti. ¡Sí, Lotte! ¿Por qué iba a silenciarlo? Uno de nosotros tres debe desaparecer, ¡y ese quiero ser yo! ¡Oh, amada mía!, en este corazón desgarrado, a menudo se ha ido filtrando la horrible idea de... ¡matar a tu marido!... ¡a ti!... ¡a mí! Sea, pues. Cuando subas a la montaña una hermosa tarde de verano, acuérdate de mí, de cuántas veces he recorrido el valle, y entonces dirige la vista hacia el cementerio, hacia mi tumba, y verás cómo el viento mece la alta hierba al fulgor de los últimos rayos.
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