lunes, 20 de diciembre de 2010

# Una tarde de junio.



¿Cuántos años han pasado desde aquella remota tarde de junio? Más de treinta. Y, sin embargo, si cierro los ojos, Micòl Finzi-Contini sigue ahí, asomada al muro de su jardín, mirándome y hablándome. En 1929, Micòl era poco más que una niña, una muchachita de trece años, delgada y con grandes ojos claros, magnéticos; yo, un chaval con pantalón corto, muy burgués y vanidoso, a quien un pequeño contratiempo escolar bastaba para sumir en la desesperación más infantil. Los dos nos mirábamos fijamente. Por encima de su cabeza, el cielo estaba azul y compacto, un cálido cielo ya estival sin la menor nube. Nada habría podido cambiarlo, parecía, y, en efecto, nada lo ha cambiado, al menos en la memoria.

- Entonces, ¿Quieres o no? - insistió Micòl.

- Pues... Es que no sé... - empecé a decir, al tiempo que señalaba el muro. - Me parece muy alto.

- Porque no lo has visto bien. - replicó impaciente. - Mira ahí... Y ahí... Y ahí... - y apuntaba con el dedo para que me fijara. - Hay infinidad de muescas y hasta un clavo, aquí arriba. Lo he puesto yo.

Desde niño he sufrido siempre vértigo y, pese a ser cosa de poco, la escalada me inquietaba. De niño, cuando mi madre, con Ernesto en brazos, me llevaba al Montagnone y ella se sentaba en la hierba de la vasta explanada situada frente a Via Scandiana, desde lo más alto de la cual se podía divisar el techo de nuestra casa apenas distinguible en el mar de tejados en torno a la gran mole de la iglesia de Santa María in Vado, no era sino con gran temor, recuerdo, como iba a asomarme al pretil que delimitaba la explanada por la parte del campo y miraba abajo, a la sima de treinta metros de profundidad.

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