Ya ha empezado... Es como el fin del mundo, es como un huracán que no parará hasta destruir todo lo que teníamos planeado. Todo nuestro futuro se acaba de ir, envuelto el la vorágine confusa del viento que enfría nuestros días. El único consuelo que nos queda reside en nosotros mismos, en nuestra sangre, que se agolpa por nuestros vasos sanguíneos, corriendo a toda velocidad, como un rayo, como un rayo que no cesa, proporcionándonos las fuerzas que no tenemos para afrontar este huracán de desdicha que se cierne sobre nosotros.
Sombras te persiguen, y tus pies golpean el asfalto uno tras otro, a velocidades insospechadas, por primera vez sientes la sensación de correr por tu vida, sientes que si te paras no podrás volver a ver la luz del sol, a disfrutar de los pequeños placeres de la vida que ahora se te antojan enormes, ahora empieza el arrepentimiento por todo aquello que desperdiciaste, por todas las horas que gastaste sin hacer lo que tu corazón deseaba, por todas las lágrimas que no valía la pena derramar. Y mientras tanto continuas corriendo hasta que tus pupilas ven el final del camino. El final. Un enorme vacío al que te diriges inexorablemente, y entonces, la gran decisión... Parar y enfrentarte a tus demonios, o seguir huyendo hasta terminar cayendo por tu propio peso... Y entonces paras y respiras hondo... Tus músculos en tensión se relajan por una milésima de segundo, para volver a endurecerse y darte la vuelta, rugiendo al viento.
Las cartas están echadas... Y acometes contra tu destino con todas tus fuerzas... Con la fuerza de un huracán.

